Sorpresa y aprendizaje

El hombre es un animal de costumbres. La repetición de actos hace que nos acostumbremos a ellos, pasamos a encontrarlos familiares y ya no nos sorprenden.

Por desgracia, nos acostumbramos tanto a lo bueno como a lo malo. Cuando nos enteramos de una nueva noticia referente a una desgracia, como una catástrofe natural o una guerra, reaccionamos; si está en nuestras manos, procuramos ayudar e intentamos mantenernos informados para seguir su evolución esperando que se solucione pronto. A nadie le gusta el sufrimiento, ni propio ni ajeno. Pero si esta situación se alarga en el tiempo, también llegamos a acostumbrarnos, ya no es noticia y no nos sorprende, ha pasado a formar parte de lo cotidiano.

A lo largo de nuestra vida vamos teniendo nuevas experiencias que nos sorprenden y, gracias a ellas, aprendemos cosas nuevas. Por ejemplo, los niños pequeños aprenden muchas cosas porque continuamente están sorprendiéndose, descubren sonidos, objetos, sabores, sensaciones…, y tienen un aprendizaje continuo; cuando somos padres, son ellos los que nos sorprenden a nosotros; pero a medida que pasan los años corremos el peligro de entrar en una vida rutinaria, siempre igual, ya no nos sorprende nada.

Si no queremos que nuestra vida cotidiana sea rutinaria podemos procurar maravillar o sorprender a otros con algo imprevisto; esto hará que sean ellos los sorprendidos, pero su reacción también nos sorprenderá a nosotros. Quizá parezca que esto requiere mucho esfuerzo, pero también nos podemos acostumbrar a estar buscando pequeños detalles que ofrecer a nuestros familiares, amigos, etc. En este caso, el acostumbramiento no nos lleva a una vida rutinaria sino a un estilo de vida en el que estamos preocupados por los demás, incluso nos puede ayudar a no olvidarnos de las personas que sufren, aunque estén lejos de nosotros y hayan dejado de ser noticia.

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