Guiar a los hijos

A todos los padres nos gustaría que nuestros hijos no nos dieran problemas y fueran buenos estudiantes, también nos gustaría que hubiera una receta mágica para conseguirlo. Pero, gracias a Dios, no es así; si lo fuera, desnaturalizaríamos a nuestros hijos, los haríamos a nuestro gusto.

Todos tenemos la experiencia de que cuando estamos contentos nos cuesta menos ponernos a trabajar, ya sea profesionalmente o en casa, parece que todo es más fácil; en cambio cuando estamos enfadados o de mal humor, todo nos cuesta más, aunque sea una simple tarea como hacer la cama. Esto no solo nos ocurre a las personas mayores, a los niños también. Cuando un niño está contento se porta mejor que si está enfadado o intranquilo por algo, en este caso le suele costar más concentrarse en lo que hace o se porta mal porque busca llamar la atención; lo que busca es que alguien le dé la tranquilidad que necesita. Más de una vez he oído el comentario entre profesores de la diferencia que hay en clase entre los niños que viven en un buen ambiente y están confiados, y los que tienen un clima de crispación en su casa. Todos necesitamos un bienestar afectivo, pero los niños más porque se están formando y es lo que más les ayudará a madurar.

Los adultos somos los responsables de procurar ese bienestar afectivo tan necesario a los niños. Para conseguirlo no se trata de llenarlos de mimos y caprichos, si no de tratar a todas las personas que conviven con nosotros (ya sean mayores o pequeñas) pensando en lo mejor para ellos, entonces es cuando somos verdaderos amantes. Si todos procuramos comportarnos así, también recibiremos el mismo trato de los demás, seremos amados, y nuestros hijos aprenderán también, se irán empapando de gestos de buena educación, buen humor, alegría, paciencia, tolerancia, etc., tendrán un ambiente adecuado para madurar. El lugar natural donde se adquiere este bienestar afectivo es la familia.

La teoría parece muy fácil y bonita, pero hay épocas difíciles donde parece que se nos van de las manos. En estos momentos conviene no desfallecer, los padres somos como faros costeros: si procuramos amarnos, emitiremos luz; cuanto más nos amemos, más luz emitiremos y ellos nos verán, sabrán que estamos allí. Los faros siempre están emitiendo señales, tanto si pasan barcos como si no; y los barcos a veces (cuando el mar está tranquilo) pasan sin prestar atención al faro, pero si el mar se encrespa, buscan la luz del faro para llegar a buen puerto. También hay temporadas que parece que nuestros hijos no nos tienen en cuenta, pero ellos saben que estamos allí y les da mucha tranquilidad, aunque no lo manifiesten. No debemos dejar de emitir luz, siempre hay que procurar ese buen ambiente que les va alimentando y tendrán de referencia.

 

 

Artículo publicado anteriormente en el nº64 de la revista Selección Literaria de la Fundación Troa.

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