Principio de la conservación del afectoEs un fenómeno que rige nuestra afectividad para conservarla plena, que es el estado al que esta tiende. Conocerlo  ayuda a entender nuestras emociones y sentimientos y las conductas de los que nos rodean.

Cuando algo nos afecta negativamente, estamos insatisfechos, nuestra afectividad reclama recuperar nuestro estado anterior, más satisfactorio; para conseguirlo siempre hacemos algo, ya sea pensar que no somos culpables o pasar a la acción, aunque no siempre lo conseguimos.

¿Qué hay que hacer para conseguirlo y conservar nuestra afectividad plena? Nuestra afectividad está formada por todo el conjunto de afectos, que no son más que las huellas que dejan en nuestro cerebro todas nuestras relaciones con otras personas; si queremos conservarla plena, tendremos que procurar que todas estas huellas que se nos van grabando sean gozosas.

Una relación puntual nos puede hacer pasar un rato agradable, pero cuando se acabe tendremos que buscar otra que nos colme. Para conservar la afectividad tendremos que tener relaciones sin límite de tiempo, que puedan ser indefinidas, como por ejemplo una amistad. Una relación de este tipo tiene la característica de que las dos personas que intervienen piensan la una en la otra, buscan como satisfacerle y luego lo llevan a cabo; estas acciones las van alternando indefinidamente.

Pongamos un ejemplo: una persona ha tenido un disgusto y para olvidarlo se va a disfrutar con su afición favorita (por ejemplo salir en bicicleta). Es evidente que ir en bicicleta le hará pasar un rato agradable que le ayude a no pensar en el disgusto, pero aquí no hay una relación personal, nadie podrá pensar en él y dejarle una “huella” agradable; sin embargo, esta afición la puede compartir con un amigo, entonces la relación con este amigo sí que podrá llenar su afectividad. Estos amigos compartirán experiencias, penas, alegrías, se ayudarán el uno al otro; siempre habrá uno que dé y el otro recibirá, alternándose estos “roles”. Este tipo de comportamiento es lo que se llama conducta amorosa .

Así, el “Principio de la conservación del afecto” nos dice que todos tendemos a conservar nuestra afectividad plena y gozosa, y esto solo lo conseguiremos manteniendo relaciones en las que haya un intercambio de roles amante-amado. Las únicas relaciones donde encontramos este intercambio de roles son: la amistad, el amor de pareja o conyugal y el amor a Dios. A estos amores el Neurohumanismo los llama “amores conservativos”, porque permiten conservar la afectividad.

En “El éxito afectivo” se explica de forma sencilla y con ejemplos cotidianos.