Principio de la conservación del Afecto

Es el primer modelo matemático o teoría que describe la compleja realidad de la afectividad humana, permite facilitar su comprensión, su estudio y una plausible predicción del comportamiento de la persona. Como modelo, solo se ha desarrollado su definición, y tal como indica en su apartado “Alcance del Modelo”, espera que otros desarrollen su contenido. Está especialmente dirigido a estudiosos y académicos de las ciencias sociales.

A petición de diversos profesores, pedagogos y psicólogos, adjuntamos su resumen con las principales referencias bibliográficas.

I Planteamiento———————————————————————————————————

El “Principio de la conservación del afecto” es un modelo afectivo, explica la lógica más elemental de nuestra afectividad. Se fundamenta en la conservación de estados energéticos cerebrales y bajo esta hipótesis se desvela un plausible y sorprendente funcionamiento, compatible con recientes descubrimientos neurocientíficos (veinte en total).

Tomando las definiciones según la RAE[i] de afecto como cada una de las pasiones del ánimo y de afectividad como conjunto de sentimientos, emociones y pasiones de una persona y tendencia a la reacción emotiva o sentimental; se enuncia:

El Principio de la Conservación del Afecto, a partir de ahora “Principio”, es una realidad natural que se puede enunciar como: una inclinación inscrita en el hombre a conservar su propio estado afectivo, preferentemente gozoso y pleno, prestando una atención a un tercero para ser aceptado socialmente. Enunciado compatible al del catedrático de economía en la Universidad de El Colorado Kennet E. Boulding[ii] en su teoría sobre la economía del amor. También se aprecia en el trasfondo del pensamiento librecambista de Adam Smith.[iii] Esta inclinación siempre parte de una ilusión.

El modelo desvela que el tiempo para identificar a otra persona, más el que emplea en descubrir la necesidad que tiene y el que necesita para producirla, debe ser menor o igual al tiempo que esa otra persona puede estar sin esa necesidad. Además, el valor que se da a ser aceptado en sociedad es igual al coste (energía) de producir esa necesidad a un tercero más los costes de oportunidad o las renuncias que le supone (también expresable como energía).

La persona que desea ser aceptada la denominamos amante y la que recibe la necesidad, amado. La alternancia de ejercer de amante y amado entre estas dos personas, se denomina cambio de roles y se le puede asignar un valor de frecuencia. Con esta frecuencia y las dos hipótesis mencionadas en el párrafo anterior se desarrolla un modelo matemático.

El amante que, movido por una ilusión (tal como la define el profesor Julián Marías[iv]), consigue sorprender a su amado, es capaz de iniciar una relación amorosa que se desea que sea indefinida. Esta relación, que también se le llama cooperación, está más extendida en la naturaleza de lo que pensamos; se observa en los hormigueros, en las manadas de leones, etc., tal como explica el profesor de biología de la Universidad de Harward Martín Nowak[v]. Si extrapolásemos este comportamiento al resto de la naturaleza se le podría llamar “Principio de la conservación del ser”.

 

II Mecánica del Principio———————————————————————————————

La ilusión de ser aceptado se observa claramente en la amistad, también en el amor entre hombre y mujer.

Pongamos por ejemplo una pareja o un matrimonio. Ella decide agradar a él y le prepara una comida que le gusta. Él se lo agradece estando con ella tomando el café y charlando. Por la tarde, ella necesita que alguien le suba una caja a un altillo porque está poniendo orden o cambiando la ropa de verano por la de invierno y necesita ordenarla. Se dirige a él, que está en el salón leyendo el periódico, y con gracia le pide que le suba la caja. También podrá acercarse y con un detalle de afecto (abrazarle por detrás mientras se lo pide) solicitar tal favor. Este acto puede despertar en él una ilusión de amante.  Se levantará para demostrar que realmente lo es, como supone ella y le corroborará que la quiere. Podrán seguir así el resto del día, él la puede invitar a cenar y luego, al irse a dormir, con sus manifestaciones de cariño unirse haciendo de amantes y amados al unísono.

Esta dinámica de un amante que ama a su amado para que posteriormente el amado haga de amante, no es nada nuevo. Es la dinámica amorosa o vulgarmente amor. Para entender el “principio” es necesario recordar que a la continua alternancia amante-amado, que denominamos cambio de roles, se le puede asociar una frecuencia. En el ejemplo que hemos puesto ese hombre y esa mujer habrían cambiado sus roles varias veces desde la comida hasta la cena (media docena de veces en medio día), pero al irse a dormir y unirse sexualmente su frecuencia se dispara (son incontables cambios de roles por minuto), al gozar a la par.

La relación entre el valor que damos a algo y su frecuencia es el cálculo que se realiza en las decisiones humanas. Trasladándolo a las cadencias amante-amado o ilusión-sorpresa, permite ver la capacidad de mantener la afectividad plena y gozosa de forma sostenible; también capacidad de amar. Esta capacidad se asemejaría la definición que dio Salovey y Mayer[vi] a la inteligencia emocional y que coincide con la que más tarde popularizó Daniel Goleman[vii].

 

III Planteamiento del problema————————————————————————————

Sabemos por experiencia que la conducta amorosa no siempre atina y la ilusión se transforma en desilusión. Entonces el supuesto amante pierde a sus amados, que serían sus potenciales amantes. Sin embargo el “Principio” sigue actuando y, con el fin de sentirse amado, infiere en los demás. Por ejemplo, el hombre del ejemplo anterior se puede poner pesado para tener relaciones sexuales, ante la negativa de ella que se halla agotada después de una intensa jornada laboral. Ante el mal humor del hombre, la mujer cederá y lo satisfacerá de mala gana con tal de que la deje dormir. Se pueden encontrar ejemplos que adquieran un tono más violento, como sería el caso de un atracador.

El “Principio” como modelo muestra cuando la relación amante-amado se trunca en desamor, y advierte que se trata de un desajuste entre los valores que asignamos a la ilusión y sus frecuencias; de hecho, es una falta de experiencia amorosa. La experiencia amorosa da lugar al desarrollo de la inteligencia emocional definida por Goleman[viii]. La ecuación de ajuste entre valor y frecuencia, para que se hallen en equilibrio amante y amado, es rigurosamente coincidente con las correlaciones empíricas valor-frecuencia que se dan a nivel celular en las investigaciones del neurólogo Premio Nobel Eric Kandel[ix]. Lo cual demuestra que dicha relación es una ley muy asentada en la naturaleza.

El modelo es capaz de indicarnos cuando el sistema amoroso (amante-amado) rompe su equilibrio y se trunca en un sistema no amoroso (Iluso-dañado), esto ocurre cuando hay unas desproporciones entre el valor que damos a una ilusión y su frecuencia; entonces se dan los comportamientos ilusos. En el ámbito económico no es nuevo, cuando las personas no tienen en cuenta la proporción entre lo que ganan y los precios de mercado (equivalente al valor de lo que ilusiona y la capacidad de llevarlo a cabo) se produce el fenómeno de ilusión monetaria, que acarrea desajustes respecto al equilibrio del mercado; las relaciones se tornan rígidas. Este fenómeno ilusorio está muy corroborado en las ciencias económicas, asociando la falta de realidad a la rigidez de los mercados, tal como explican los catedráticos de teoría económica de la Universidad Pública de Navarra y UNED respectivamente, Bajo y Mones[x].

Esta falta de proporción o realismo se extiende a más comportamientos, por ejemplo al de burócratas y políticos, explicado por los profesores de Hacienda Pública de UNED Paniagua y Navarro [xi] y el profesor de economía en la universidad de Berkeley Nikasen[xii] entre otros, denominándolos ilusión financiera e ilusión fiscal.

El “Principio” permite generalizar el fenómeno ilusorio a otros ámbitos, dando explicación a comportamientos como los que describe el profesor de psicología de la Universidad de Yale, Bargh[xiii], en lo referente a directivos, políticos y gobernantes, que muestran conductas indeseables para el bien común nada más ascender al poder.

También se extiende a la psicología, pedagogía, teología, filosofía… se observa en la religión, en las ideologías… Este desajuste se da especialmente cuando se distorsiona o no se respetan las funciones naturales de la persona. Esto abarca funciones tan necesarias como comer y dormir y otras no tan evidentes como la alegría o la tristeza. Conclusión compatible con la exposición más genérica que realizan los ecólogos Robert Leo Smith y Thomas M. Smith [xiv], en cuanto a la necesidad de considerar todas la variables reales de los sistemas para su correcto desarrollo.

 

IV La raíz del problema———————————————————————————————–

Para coordinar la ilusión (el valor que damos a algo) y su ejecución material (frecuencia con la que puedo llevarla a cabo) es necesario poseer cierta inteligencia emocional que nos asegure permanecer en el sistema amoroso y no en el desamoroso. La inteligencia emocional permite conducirse amorosamente a pesar de los diversos estímulos a los que estamos sometidos, tanto externos como internos. Tanto los estímulos que se procesan a velocidades altísimas (milisegundos), como explican el profesor de bioneurología de la Universidad de Berkeley, Freeman [xv] y el psicólogo mencionado Goleman[xvi], como los que se procesan a baja velocidad, (por ejemplo: comer, comprar…), ocurren simultáneamente. El “Principio” indica que la única manera de casar los valores y sus frecuencias es mediante la superposición de imágenes. Conclusión coincidente con las aportaciones del físico cuántico Musser[xvii], respecto a la aportación de los fenómenos cuánticos para ayudar a explicar el altruismo y la cooperación.

En la ilusión se dan las superposiciones de deseo y esperanza o expectativa. Sin ilusión no es posible iniciar el proceso de aprendizaje de la alternancia de roles, amante-amado; es más, la ausencia de esta da lugar a un desaprendizaje, causado por hábitos que no alternan las imágenes amante-amado. Por otro lado, estos estados alternativos y equilibrados, como exige la conducta amorosa (amante-amado), proporcionan al cerebro menores consumos energéticos, dando lugar a un bienestar afectivo. Este bienestar, aunque momentáneo, da sentido a la persona y desencadena el deseo de la dinámica amante-amado. Esta conclusión del “Principio” es concordante con lo expuesto en las investigaciones del neurólogo Bartels y Zamir[xviii] en cuanto a la necesidad de un equilibrio cerebral para que exista salud en las relaciones sociales.

 

V Discusión—————————————————————————————————————

Aparentemente la solución es sencilla, pues promoviendo el aprendizaje de la inteligencia emocional aparecerían las conductas amorosas y desaparecerían los comportamientos desamorosos. El “Principio” explica que partiendo de comportamientos no amorosos no hay aprendizaje por ser una relación inestable por si misma; el desamor cansa. Aun desarrollando hábitos buenos o virtuosos, estos no garantizan la conducta amorosa, son necesarios para esta pero no suficientes. Los hábitos son paquetes de información que se desarrollan ante ciertos estímulos con el fin de economizar las respuestas (activar circuitos específicos), tal como explica la profesora del MIT Graybiel y el profesor de neurociencia en la Universidad de Dartmouth, Smith[xix]; estos confirman que el hábito es un componente de la conducta, al señalar que el hábito da forma a las expectativas, añadiendo o sustrayendo valor, tal  como indica el “Principio”. Algo muy diferente de la ilusión y acumulación de imágenes amorosas, que actúan como pauta de organización estímulo-emoción, tal como indica nuestro modelo. Esto es compatible con las propuestas del profesor de neurociencia de la Universidad de Columbia, Yuste y el profesor de genética de la Universidad de Harvard Church [xx], en las que el cerebro como sistema posee propiedades emergentes que no dependen de neuronas individuales o circuitos específicos, sino del conjunto de interactuaciones entre ellas.

Por lo tanto, los hábitos virtuosos son necesarios para permanecer en un ambiente amoroso; sin embargo, no son suficientes para garantizar la ilusión y la conducta amorosa, pues son pautas de interrelación personal genéricas; a su vez, también requieren acumulación.

 

VI Solución—————————————————————————————————————

El “Principio” desvela que los únicos amores capaces de desarrollar imágenes amorosas (referentes) son aquellos que permiten cierta frecuencia de alternancia de roles. Estos son: la amistad, el amor entre mujer y hombre y el amor a Dios (un Dios personal). A estos amores se les llama conservativos del afecto. El amor de los padres a los hijos o el enamoramiento formarían parte de las emociones, conclusión compatible con las investigaciones de los neurólogos Bartels y Zamir[xxi]

Así, las personas que han experimentado o desarrollado abundantemente la amistad y/o han vivido en un ambiente amoroso, se acostumbran a relacionarse conservativamente y acaban comportándose de esta forma en todas sus actividades: ilusionándose por su entorno, tanto social como material. El “Principio” desvela la gran influencia que ejercen las personas entre sí por la necesidad de conservar el afecto. El aspecto más negativo del desamor no es el daño personal, sino la repercusión en los demás; contamina las relaciones humanas y el entorno social impidiendo la acumulación de ilusiones y el crecimiento de la inteligencia emocional.

 

VII Conclusión———————————————————————————————————–

El desarrollo de la inteligencia emocional pasa por la promoción de la amistad, el amor entre hombre y mujer estable y el amor a un Dios personal. Con estos amores se desarrolla la inteligencia emocional. La sociedad del conocimiento o el desarrollo del capital humano necesitan de la promoción de la amistad y de la familia, organización natural donde pueden coexistir dichos amores. La persona debe acumular desde su nacimiento estas experiencias de ilusión y amor, en la familia y con la amistad. Es más eficaz y eficiente fomentar estas relaciones que invertir en talleres y técnicas psicológicas y pedagógicas, incluso en educación, lo cual no implica que deban desatenderse estas.

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[i] Real Academia Española corresponden a la 23ª edición de octubre 14.

[ii] Keenet E. Boulding. “La economía del amor y el temor”. Alianza editorial Madrid 1976. Página 43.

[iii] Adam Smith. The Wealth of Nations Oll.libertyfund.org. Book IV, chap. 2, paragraf 9

[iv] Julián Marías. “Breve tratado de la ilusión”.Alianza Editorial, SA. Madrid. 2014. Página 111.

[v] Martin Novak. “¿Por qué cooperamos?“.Investigación y Ciencia, octubre 2012. Página 22.

[vi] Inteligencia emocional. Psicología básica. Departamento de psicología de la salud. Universidad de Alicante 2007.

[vii] Daniel Goleman. “Inteligencia emocional” Editorial Kairos, SA. 2000. Página 61.

[viii] Daniel Goleman. Ibidem. Páginas 14 y 56.

[ix] Eric Kandel. Principios de Neurociencia” Editorial McGraw-Hill. 2010.Página 421

 

[x] Oscar Bajo y Mª Antonia Monés. “Curso de macroeconomía”. Antoni Bosch editor, Barcelona 2000. Página 240 y 278.

[xi] Francisco J. Paniagua y Reyes Navarro. “Hacienda Pública I. Teoría del presupuesto y gasto público”. Pearson Educación, SA. Madrid 2010. Página 238.

 

[xii] Walter Nikasen. “Bureaucracy and Representative Government”. Economics Journal nº5 1971.

[xiii] George Musser. “Entender cómo funciona nuestra mente” Investigación y ciencia. Marzo 2014. Página 30.

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