Tiempo para madurar

¿Es cierto que el saber no ocupa lugar? Más de una vez he oído que la cabeza de nuestros hijos es como una sala de cine en la que las butacas están vacías y se van llenando con todo lo que aprenden; entonces los padres tenemos que procurar que todo lo que va ocupando esas butacas sea bueno para su maduración; si no, corremos el riesgo de que cuando queramos llenarlas nosotros ya nos las encontremos ocupadas. En este caso parece que no es cierto, ocupa un lugar.

Tenemos experimentado que cuando de pequeños hemos cogido un hábito que queremos cambiar, nos cuesta mucho. En nuestro cerebro tenemos algo grabado por haberlo repetido muchas veces y parece que ocupe más espacio que algo nuevo, que todavía se ha repetido poco. Las repeticiones parece que “ocupan unas buenas butacas” y no se olvidan fácilmente. Por ejemplo, los niños aprenden en el colegio las tablas de multiplicar repitiéndolas muchas veces y nos acordamos de ellas aunque vayan pasando los años.

Pero los refranes tienen mucha sabiduría y suelen acertar. Este puede referirse a que el saber siempre tiene cabida, siempre podemos aprender algo nuevo; incluso, si ejercitamos la memoria tendremos más facilidad para retener nuevos conocimientos o los ya aprendidos.

Reflexionar sobre este refrán nos puede ayudar a los padres a ser conscientes de la importancia de pasar tiempo con nuestros hijos para poder transmitirles nuestro modo de actuar, nuestro estilo de vida, ya que si no, pueden adquirirlo en otros lugares donde no tenemos garantía de que sea lo que más les conviene para madurar. Pero también nos da la tranquilidad de que siempre estamos a tiempo de transmitírselo, siempre tendrá cabida.

Ahora que estamos en el inicio de curso todos tendemos a hacer planes y propósitos para este curso. Si queremos que nuestros hijos maduren un poco más, tenemos que saber lo que es más necesario para ello, y no es otra cosa que tenernos cerca el máximo de tiempo posible, relajados, disponibles; algo complicado con los ritmos de vida actuales, pero si no fomentamos espacios para relacionarnos con calma y estando pendientes unos de otros, será difícil que aprendan a relacionarse pensando en los otros más que en ellos mismos; algo imprescindible para madurar.

Todas las actividades que hacemos sí que ocupan un lugar en nuestro día (trabajo, deporte, comidas, etc.). Pensemos  cuantas de ellas podemos compartir con la familia, porque todos sacaremos provecho, aprenderemos algo que siempre tendrá cabida.

 

Este artículo se publicó anteriormente en la revista “Selección literaria” nº68, de Fundación Troa.

Artículos, ,

Deja un comentario