Ir a la raíz del problema

Hace unos años presencié una escena entre una madre y dos hijos que me ha hecho pensar más de una vez cuando tengo que resolver un problema.

Al pasar por un parque público vi a dos niños que se estaban peleando por un juguete y acudían a su madre para que ella decidiera quien se lo tenía que quedar; cada uno de ellos albergaba la esperanza de salir ganador, claro. Pero ante su sorpresa, y la mía también, la madre dijo:

“Tirar ese juguete a la papelera”.

Como los niños se quedaron boquiabiertos y no reaccionaban, ella insistió:

“¿No me habéis oído? He dicho que tiréis el juguete. Si es un foco de peleas, lo mejor es deshacernos de él y se acabaron las peleas.”

Otra madre le decía: “Mujer, no seas tan dura”.

La verdad es que no sé cómo acabó la situación, pero creo que es un ejemplo de intentar solucionar los problemas yendo a la raíz. Muchas veces intentamos tapar los problemas en vez de solucionarlos para que no vuelvan a ocurrir; suele ser bastante más fácil, aunque además de no solucionarlo, facilitamos que se vuelva a repetir.

Si la madre hubiera intentado hablar con los niños para ver quién tenía razón, cada uno le habría contado su versión intentando convencerla, los niños habrían seguido enfadados porque habría un ganador y un perdedor (convencido de que la madre había sido injusta) y lo más probable es que en otro momento se volviera a repetir la escena: el ganador esperando volver a ser agraciado y el perdedor pensando que ahora le tocaba a él. En fin, el problema se puede agravar en vez de solucionarse.

Otro motivo que podemos tener para “tapar” problemas es que la postura de atajarlo de raíz no suele estar muy bien vista por los demás, puede ser “políticamente incorrecta”. La madre de esos dos niños estaba siendo juzgada como “muy dura”, poco cariñosa con sus hijos, derrochadora (estaba tirando a la basura un juguete que podía ser caro o servir a otros niños que no tienen). Pero la verdad es que estaba haciendo un gran bien a sus hijos y el juguete se podría recuperar después (sin que se dieran cuenta los niños, claro). Quizás esta reacción hizo que hubiera más complicidad entre los hermanos para no perder más juguetes; no lo sabemos, pero seguramente esta lección recibida les fue de gran ayuda y se la agradecerán a su madre cuando sean mayores; les estaba ayudando a madurar.

Si pensamos antes de actuar y no nos dejamos llevar por los sentimientos, seguro que solucionamos mejor los problemas que se nos presenten y podemos ayudar mejor a las personas que tenemos a nuestro alrededor.

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