Religión y familia

El pasado 6 de febrero, Bárbara Sotomayor y Alberto Masó impartieron la conferencia “La familia como semillero de vocaciones”, dentro de las IX Jornadas Pastorales de Montecelo (A Coruña), ante un público formado por unos 50 sacerdotes.

A continuación incluimos un breve resumen de la ponencia:

Nuestra vocación, como padres de familia, es transmitir el amor y los primeros que lo recibirán serán nuestros hijos. Ellos aprenderán a amar viendo a su alrededor relaciones amorosas, fundamentalmente la de sus padres. Igual que aprenden a hablar imitándonos, también aprenderán a amar viendo como nos relacionamos amorosamente. El amor es muy atractivo.

No todo el amor se remite al amor conyugal. Hay tres relaciones que permiten que haya una alternancia entre amante y amado: matrimonio, amistad y amor a Dios; estas pueden conservar nuestra afectividad gozosa y nos hacen imagen y semejanza de Dios (son “iconos trinitarios”, como ya mencionó la teóloga Jutta Burggraf en su artículo “La transmisión de la fe en el postmodernismo”).

Pero los hijos también necesitan cuidados y es muy gratificante verlos contentos, por lo que a veces nos volcamos demasiado en ellos en detrimento del amor conyugal, ya que este requiere más esfuerzo. Entonces, recibirán menos amor.

¿Qué necesitan nuestros hijos? Nos preocupamos mucho de su educación, bienestar, salud, etc., cuando en realidad todo esto no está en nuestras manos. Por ejemplo, la situación económica no la controlamos totalmente, ni la salud; puede ocurrir algún accidente, enfermedad…, que nos lleve al traste nuestros planes. Pero hay algo que siempre podemos controlar, independientemente de nuestra salud o circunstancias: EL AMOR.

Si además tenemos un trabajo absorbente, compromisos sociales, aficiones, etc., que son todas actividades buenas y necesarias y, además, también es más fácil volcarse en ellas que en el amor conyugal, entonces corremos el peligro de que este vaya decreciendo.

Si los hijos no nos ven enamorados, buscarán fuera de la familia cosas que le satisfagan y compensen la carencia de amor. Entonces, no aprenderán a amar. Si Dios es Amor y llama al amor, necesitan esos iconos trinitarios para poder reconocerlo y responder a la llamada.

Tenemos que procurar que en nuestra familia crezca y se fortalezca el amor, el nuestro y el amor a Dios. Si vivimos el trato con Dios con naturalidad, llegará a ser un miembro más de la familia y los hijos se empaparán también de él, incluso a veces nos darán lecciones; vamos madurando todos juntos.

Para que los jóvenes sean capaces de responder a una llamada al amor (ya sea en el matrimonio o en una entrega total a Dios), tenemos que cuidar esos tres amores que permiten la alternancia amante- amado.

 

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