Alternancia dar y recibir

¡Ahora me toca a mí! Esta frase es muy frecuente oírla en los juegos de los niños ya que suelen tener turnos para participar activamente en el juego. Cuando conversamos con otras personas también tenemos turnos para hablar y escuchar; en nuestra actividad cotidiana también vemos que hay alternancia entre el trabajo y el descanso; e incluso en nuestros ciclos biológicos encontramos siempre alternancia, por ejemplo entre horas de vigilia y horas de sueño. El comportamiento con alternancia está inscrito en la naturaleza a todos los niveles.

A nivel atómico, hay campos positivos y negativos; esta alternancia de signo contrario es necesaria para mantener el equilibrio atómico y poder formar moléculas. En la naturaleza es fácil observar el ciclo del agua; esta pasa de estado gaseoso a líquido e incluso a sólido: también hay una alternancia de estados. Cuando respiramos, en los pulmones se da un intercambio entre oxígeno del aire y dióxido de carbono de la sangre. Estos son solo unos cuantos ejemplos que nos ayudan a ver que toda la naturaleza se comporta siguiendo el mismo patrón: con alternancia.

Si seguimos observando la naturaleza, vemos que cuando esta alternancia se rompe se pierde el equilibrio y deja de funcionar correctamente la molécula, órgano u organismo afectado. Por ejemplo, si en la respiración no hay un buen intercambio, hay problemas respiratorios y enfermedades.

Si toda la naturaleza funciona así no es de extrañar que las relaciones funcionen también con alternancia. Se han observado cooperaciones en algunas especies de animales; por ejemplo en las manadas de leones, las hembras se ayudan unas a otras a amamantar a los cachorros: la misma leona unas veces ayuda y otras es ayudada: seguimos encontrando alternancia.

Con nuestro comportamiento pasa lo mismo, para que haya relaciones equilibradas y duraderas tiene que haber una alternancia: entre dar y recibir, hablar y escuchar, trabajar y descansar, enseñar y aprender, entre amante y amado. Es la forma natural de relacionarnos. Todos tenemos nuestros ecosistemas afectivos, aquellos grupos de personas que se relacionan estrechamente con nosotros y gracias a los cuales mantenemos nuestro equilibrio afectivo, nuestra felicidad; si estamos atentos y pendientes de lo que necesitan seremos capaces dar y apreciaremos también todo lo que recibamos de ellos.

Gracias a la alternancia entre dar y recibir en nuestras relaciones podremos mantener el equilibrio afectivo. Un equilibrio que no significa estabilidad y no hacer nada, sino que solo se consigue por una constante atención; en el momento en que cesa la alternancia, las relaciones se desequilibran, son más costosas y cansan.

Esforzándonos por relacionarnos de una forma natural, con alternancia, conseguiremos el equilibrio afectivo: la felicidad.

 

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