Dar y recibir

Las personas tenemos dos maneras de dar a los demás: esperando una recompensa por lo que damos o sin esperar nada a cambio. Pero resulta que, aunque no lo esperemos, siempre recibimos algo; por lo menos, la gratitud de quien ha recibido.

Había una familia que todas las Navidades recibía un lote de productos navideños, de la empresa donde trabajaba el padre. Un año, para decepción de los hijos, el padre dijo cuando lo recibieron: “se lo vamos a llevar a esa familia que conocemos que no puede comprar nada especial en estas fiestas”. Así que al día siguiente se fueron toda la familia a llevar el lote a la otra familia. Esta se puso muy contenta pero un poco apurada porque no tenía sitio para ofrecerles asiento ni nada para invitarles.

Está claro que no podían esperar nada a cambio; sin embargo, recibieron mucho. Lo primero, la satisfacción de haber aliviado un poco las estrecheces de otra familia; los hijos, la felicitación de sus padres por haber aceptado esta iniciativa y una buena celebración como premio; todos, el agradecimiento de la otra familia, que siempre que podía se lo demostraba; también una buena lección de generosidad que no olvidaron fácilmente. Recibieron mucho más de lo que esperaban.

En cambio, si damos algo esperando que nos den una recompensa por ello, podremos recibir esa recompensa, pero seguramente nada más. Incluso, puede que recibamos menos de lo que esperábamos.

Esta es la paradoja del “dar”: si das sin esperar nada a cambio recibes mucho más que si das esperando algo a cambio.

Pero solo podemos recibir si queremos recibirlo, si somos conscientes de todo lo que recibimos continuamente, si lo valoramos y somos agradecidos. Entonces tendremos la satisfacción de que todas las relaciones que vayamos formando estarán basadas en “dar y recibir”, esa alternancia propia de las relaciones amorosas.

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