Ecosistema afectivo

Siempre se ha dicho que “el hombre es un ser social por naturaleza”. Todos tenemos grupos de personas con las que nos relacionamos de una forma más o menos asidua: con algunos, todos los días, como podría ser el grupo de compañeros de trabajo; con otros, con una frecuencia semanal o mensual, como podría ser con los que compartimos una afición. No podemos vivir solos, necesitamos de esas relaciones para compartir e intercambiar experiencias, penas, alegrías, buscar consuelos, consejos, etc. En definitiva, para enriquecer nuestra afectividad.

En todas nuestras relaciones, gracias al trato interpersonal que mantenemos, se va tejiendo una red por la que circulan los afectos y todas las personas que forman esa red se beneficiarán de ellos. En la naturaleza también encontramos redes por las que circulan los nutrientes y energía de un ecosistema; en este caso, también todos los organismos que lo forman están “conectados” a la red y, gracias a ella, se mantiene el equilibrio.

Entre todas las redes afectivas de las que formemos parte, hay una que es la que más alimentará nuestra afectividad, la que estará tejida de una forma más sólida y duradera: se trata de la familia. Gracias a los vínculos afectivos que formamos con los miembros de nuestra familia, los nudos de esta red serán más fuertes, costará más que se deshagan. La red afectiva la iremos tejiendo entre todos con el día a día, en los quehaceres cotidianos, con nuestras palabras y nuestros gestos, también con nuestros silencios; en ella podrán circular gestos de cariño, alegrías…, pero también roces, desacuerdos, alguna torpeza cometida, etc., estará tejida por infinidad de hilos de “micro-amores” y “micro-desamores”. Las redes más sólidas serán las que dominen los primeros sobre los segundos o, dicho de otro modo, donde abunden las relaciones en las que se dan cambios de roles entre amante y amado; entonces serán las que mejor alimenten la afectividad de todos y ayuden a mantener el equilibrio afectivo.

Como en el caso de los ecosistemas naturales, nuestra familia no está aislada, todas nuestras relaciones influyen de alguna manera en ella. A veces algún amigo, vecino…, puede conectarse temporalmente a nuestra red afectiva y también alimentarse de ella; por supuesto, él también aportará algún afecto a nuestra red mientras esté conectado. En algunas ocasiones son las otras relaciones que tenemos nosotros, por ejemplo en el trabajo, las que nos afectan y luego aportamos estos afectos a nuestra red (tanto positivos como negativos); cuanto más sólida sea nuestra red afectiva, cuanto más dominen los “micro-amores” sobre los “micro-desamores”, más fácil será amortiguar los afectos negativos y mantener el equilibrio emocional.

Es la red afectiva de nuestra familia la que principalmente alimentará nuestra afectividad y de la que dependerá nuestra felicidad, es la que más debemos cuidar.

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