Mimos, cariño y exigencia

“Mi mamá me mima”…, y mi papá también. Mimar es fácil y agradecido, los mimos suelen ser bien recibidos, ya sean en forma de caricias, regalos o palabras halagüeñas; quizá por este motivo los padres tendemos a mimar a nuestros hijos, es normal que nos guste verlos contentos.

Mimar es tratar a alguien con excesiva condescendencia, cariño y regalo; favorecerlo con mucha consideración. Si se trata de un bebé es necesario, necesita todo el cariño y cuidados que podamos darle para que pueda crecer tranquilo y seguro, pero a medida que los niños crecen no es bueno confundir cariño con mimos excesivos. Todas las personas necesitamos cariño y sentirnos amadas, podríamos asegurar que esto es lo que más necesitamos; si amamos y nos sentimos amados tendremos bienestar afectivo, será lo que nos ayude a defendernos en todas las facetas de nuestra vida.

Lo que deseamos todos los padres es que nuestros hijos sean felices y para conseguirlo es fundamental enseñarles a amar, es lo que más necesitan. Como cualquier aprendizaje, solo aprenderán si ven ejemplos a su alrededor, principalmente en su familia, de personas que aman; que no es lo mismo que recibir muchos mimos para satisfacerle. Un símil podría ser una persona que quiere aprender a cocinar y, en vez de estar al lado de un cocinero viendo como lo hace, se limita a comerse unos platos exquisitos que le sirven. Está claro que en vez de aprender a cocinar se estará acostumbrando a que le sirvan las comidas que le gustan.

Si mimamos demasiado a los niños podría pasar algo parecido, les estaremos acostumbrando a recibir satisfacciones sin que tengan que poner ningún esfuerzo; a la larga habrán aprendido a exigir atenciones, aunque sea sutilmente y sus aspiraciones serán las que no exijan esfuerzo. A menudo pensamos que por acariciar y abrazar a nuestros hijos no pasa nada, es más, creemos que es beneficioso. Si estas manifestaciones de cariño están equilibradas, también hay exigencia, pueden ser buenas; pero si son excesivas, los iremos acostumbrando a ellas y cuando en la adolescencia vayan dejando de recibirlas, pueden buscarlas en otras personas: lo que le han enseñado sus padres no puede ser malo. Si además ahora les decimos que su comportamiento no es bueno, les creamos desconcierto y pueden aparecer rebeldías contra sus padres, y con razón.

Los primeros que tendremos que poner esfuerzo para que esto no ocurra somos los padres, ya que a veces los mimamos para esquivar situaciones que podrían alterar nuestra tranquilidad, no nos atrevemos a exigirles, el poco rato que estamos con ellos ¿no es más cómodo tenerlos contentos? El esfuerzo es lógico que lo pongamos en lo más importante, en lo que ellos más necesitan: en cultivar nuestro amor. Mimemos nuestro amor.

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