Autoridad

En una familia de tres hijos, la segunda, que era la única niña, dio a los padres algún que otro quebradero de cabeza. A los doce años empezó a ser un poco contestona, le gustaba llevar la contraria a sus padres y, cuando se aburría, buscaba como molestar a sus hermanos para que se enfadaran y crear un poco de alboroto; luego empezó a vestirse de forma extravagante, cosa que ponía un poco nerviosa a su madre; las calificaciones del colegio empezaron a bajar y cada vez le gustaba más salir de fiesta por la noche.

La madre estaba cada vez más preocupada, pero el padre le decía: “tranquila, mujer; nada de lo que hace es grave, mientras no atente contra su salud (física o moral) y no nos engañe, no nos pongamos nerviosos. Lo importante es que nos vea a nosotros contentos, que nos queremos, y asequibles; que sepa que puede contar con nosotros”.

Entre los dos, fueron haciendo esfuerzos para que siempre hubiera un buen ambiente en casa, sin darle mucha importancia a las extravagancias de su hija; pero a su vez le exigían que estudiara y ayudara en casa, como todos los hermanos. La madre estaba empeñada en enseñarle a cocinar, pero no tuvo mucho éxito.

Fueron pasando los años, llegó la época universitaria y se sacó la carrera de periodismo sin ningún problema, aunque seguía siendo un poco rebelde. Para sorpresa de sus padres, un día llegó muy contenta y les comunicó que había conseguido un trabajo en otro país; la madre empezó a ponerse nerviosa otra vez pensando que ahora ya no podría controlarla de ninguna forma. Hizo las maletas y se fue. Al poco tiempo, llamó a su madre para contarle: “¡Gracias mamá! No sabes lo que pienso vosotros, pero sobre todo en ti. Me van de maravilla tus “clases de cocina” y, sin darme cuenta me voy acordando de todos vuestros consejos y haciendo cosas como tú ¡Y eso que antes pensaba que yo nunca sería así!”

Estos padres realmente han sido unos guías para su hija (suponemos que para los otros dos, también). Tienen autoridad. Han transmitido a sus hijos unas pautas y hábitos que les permiten relacionarse con los demás y desenvolverse en el mundo; en consecuencia, sus hijos les están agradecidos.

La autoridad no es una obediencia mecánica a lo que les decimos u ordenamos y que cumplen a rajatabla. Esto es autoritarismo y suele venir de nuestra comodidad, pero así no les ayudamos a madurar. Normalmente queremos ver resultados inmediatos y a nuestro gusto, sin tener en cuenta que nuestros hijos son otras personas que no las podemos poseer; por eso, a medida que crecen nos cuesta encajar sus proyectos. Pero no podemos evaluar nuestro éxito como padres porque respondan a nuestras aspiraciones, si no por haber dejado una huella impresa en ellos que les sirva de referencia y les guíe a la felicidad.

La autoridad es ese referente que somos para ellos y que perdura toda la vida, es una parte de nosotros que les damos y queda en ellos como camino de felicidad.

 

Encontrarás esta idea más desarrollada en el libro “Padres que dejan huella”.

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2 comentarios

  1. Sí, y cuando ellos se convierten en padres, la huella es aún más evidente, ¡aunque no lo reconozcan verbalmente!

  2. Feu articles realistes, assequibles i positius!
    Aquest que parleu de com exercir l’autoritat, m’agrada no perdre la paciència, seguir donant bon exemple i confiar. El temps ja sols donar els seus fruits!

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