Diálogo y escucha

Claro que los hombres escuchan a sus mujeres, y lo hacen porque tienen la necesidad de ser pareja, esposo o compañero sentimental. Lo que sucede es que el tiempo que dedican no es suficiente para que ellas se sientan escuchadas. Hay deseo de escuchar pero a veces, al tratarse de cosas que les parecen banales, les cuesta más prestar atención.

Se plantean qué recompensa tendrá el esfuerzo de escucharlas y empiezan a aparecer en su mente imágenes de la última vez que se sintió querido, mimado, satisfecho… por ella. Puede que esto ocurriera hace bastante tiempo, entonces empiezan a pensar en otras más cercanas: el partido de futbol que jugará esta noche, el presupuesto o el informe que se debe entregar mañana, el trabajo que ha quedado inacabado en la jornada de hoy…, un sinfín de cosas próximas, quizás poco importantes pero, al fin y al cabo, cosas que dan un sentido más inmediato a su ser. La recompensa a escuchar es incierta, pero el partido, el trabajo, las aficiones…, son seguros: por eso dejan de escuchar.

A esto se le puede sumar una gran variedad de formas de vida, ritmos de vida trepidantes, prolongadas ausencias por motivos profesionales, temporadas de paro laboral con consecuente nerviosismo… La casuística puede ser infinita pero, al fin y al cabo, los estilos de vida que llevamos hoy, tanto ellas como ellos, cada vez son más incompatibles con el tiempo que necesitamos para escucharnos y amarnos.
Todos asumimos que esos maravillosos ratos para estar juntos son difíciles de conciliar, pero ellas reclaman: “al menos escúchame un rato”. Un ejercicio que deberíamos practicar, aportará beneficios a nuestra convivencia y también a nuestras relaciones con los demás, compañeros de trabajo, amigos, vecinos, etc. No nos olvidemos que los principales beneficiados serán nuestros hijos, si los hay, pues si ellos ven que no prestamos atención a las personas queridas ¿cómo van a aprender a interesarse por los demás?

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4 Comments

  1. ¡Qué buen artículo! Es verdad que cuesta un montón parar la cabeza para escuchar a los demás , pero ¡qué bien salimos todos después de hacerlo! Además, el evitar que estemos constantemente pensando en nuestras preocupaciones hace que vayamos con más paz y no nos agobiemos.

  2. Olvido de sí y darse a los demás. Regla de oro para la felicidad propia y ajena.

  3. Realmente, vamos tan “pillados” de tiempo y pensando en el día-día que no reparamos en lo que ocurre en nuestro entorno.

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