suspiros y amor

Cerca de Granada hay una peña llamada “del suspiro”. Dicen que el último rey moro que vivió en esa ciudad, viéndose obligado a abandonarla, antes de perderla de vista, desde esa peña, suspiró. Cuando Boabdil vio Granada por última vez, en su cabeza se agolparon todos los recuerdos de felicidad de su estancia allí; recordó todo lo que había amado estando en ella, no solo a sus seres queridos, sino también sus proyectos, su palacio, el clima y el paisaje granadino. Ante todas estas imágenes de amor su cuerpo pedía amar; sin embargo, no tenía un momento que perder, las tropas cristianas estaban al acecho. Su cuerpo decidió emular el amor que no podía ejercer y lo manifestó aspirando fuertemente, luego liberando todo ese aire que había comprimido y, finalmente, emitiendo un gemido. La dinámica del amor es así: controlar una emoción para después liberarla, dejando constancia del amor (de que allí ha pasado algo importante).

En cierta ocasión, un par de alpinistas estaban escalando una montaña que suponía superar una vertiginosa pared. Progresaban a un buen ritmo, la roca de la pared estaba seca, el sol les proporcionaba la suficiente calidez para no pasar frío…, ambos escaladores estaban gozando hasta que apareció un frente nuboso, el sol desapareció, bajó la temperatura y empezaron a caer copos de agua-nieve que mojaban la pared y la hacían resbaladiza. La escalada se convirtió en algo dramático: por un lado, había prisa por salir de ahí y, por otro, unas condiciones que requerían extremar las precauciones.

El que encabezaba la cordada consiguió salir de la pared y aseguró a su compañero a la vez que iba recuperando la cuerda que los unía; el viento se había intensificado y la visibilidad era muy escasa. Cuando su compañero llegó hasta él, suspiró. Llevaban varias horas en tensión, con un peligro real que podía acabar en un desastre, en desamor. Cuando salieron de ese aprieto, sintieron un gran alivio de todo aquello que se habían librado, incluso se desvanecieron terribles imágenes de tragedias que podían haber ocurrido; su cuerpo pedía amor, pero lo más prudente era seguir caminando y regresar antes de que oscureciese: entonces suspiró al verlo.

Estamos hechos para amar y para el amor, hasta el punto de que cuando no podemos amar en ese preciso momento, lo emulamos suspirando.

Ahora podemos entender porqué suspiramos cuando, por ejemplo, acabamos de darnos un beso; en ese momento se ha acabado el beso que nos proporcionaba un sentimiento agradable y nos gustaría seguir, entonces nuestro cuerpo imita con rapidez un acto amoroso.

 

 

Artículo extraído del libro “60 preguntas sobre el amor“.

Artículos, ,

Un comentario

Deja un comentario