Rutina y amor

¿Ahora que toca? ¿Qué tengo que hacer ahora? Si tenemos una rutina hacemos siempre lo mismo, sabemos en todo momento “lo que toca”. En la familia es muy cómodo tener una rutina, sobre todo cuando hay niños pequeños; así están tranquilos porque saben más o menos lo que pasará después y esto les hace ser confiados. Por ejemplo, la primera vez que se deja un niño en la guardería suele ser un drama, es la primera vez que sus padres le dejan en un sitio desconocido y rodeado de gente también desconocida, no saben por cuanto tiempo, ni si volverán sus padres a buscarlo. Tienen que pasar varios días para que se acostumbren a la nueva rutina y se queden tranquilos y nuevamente confiados.

A las personas mayores también nos gusta la rutina y tener la situación controlada. “A mí me gusta tenerlo todo controlado”: a veces decimos frases de este tipo porque saber lo que tenemos que hacer en cada momento nos da tranquilidad, no nos gustan los cambios de planes que nos hacen cambiar nuestra rutina; es muy cómodo hacer todos los días lo mismo porque así vamos pasando de una actividad a otra sin pensar demasiado.

Pero la comodidad de la rutina también puede ser peligrosa, podemos hacer de nuestra vida algo totalmente previsible, sin ningún tipo de variante; le faltará la “sal” que le dará sabor. Con nuestra actitud, gestos, aspecto, palabras…, con todo lo que hacemos y decimos estamos transmitiendo algo a las personas que nos rodean, mucho más de lo que nosotros somos conscientes: no lo tenemos todo controlado. De la misma manera, tampoco somos conscientes de todo lo que recibimos de las demás personas.

Cuando nos aferramos a la comodidad de la rutina, transmitiremos casi todos los días lo mismo, no provocaremos muchas sorpresas e incluso podemos ir haciéndonos menos flexibles y que nos cueste adaptarnos a otros planes distintos a los nuestros. La comodidad nos “apalanca”. En este caso, nuestros hijos u otras personas cercanas pueden vernos como poco asequibles y darles miedo “molestarnos” con sus cosas.

No es lo mismo hacer lo mismo todos los días que llevar una vida rutinaria. Ya hemos visto que hacer siempre lo mismo es beneficioso para la familia, pero para no caer en la vida rutinaria necesitamos poner un poco de “sal”: salpicar el día de pequeñas sorpresas, improvisaciones, que harán la vida más agradable y nuestra casa un lugar donde toda la familia se encuentre a gusto. La naturaleza también es muy repetitiva, por ejemplo, las estaciones del año, pero también es sorprendente y nunca nos cansamos de contemplarla.

Es un buen ejercicio acostumbrarse a pensar en los demás para conocerlos y saber qué les gusta. Así, sin darnos cuenta, les iremos sorprendiendo y no caeremos en la rigidez de la rutina. Además, cuanto mejor les conozcamos más control tendremos de todo lo que hacemos; paradójicamente, cuanto más rutinarios seamos, menos control tendremos de la situación.

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2 Comments

  1. Us felicito per l’encert dels vostres articles. Tenen sentit comú i aplicabilitat a la vida diària. També m’agrada que siguin breus; així no els guardes per més tard que igual no arriba. Endavant!

  2. “Además, cuanto mejor les conozcamos más control tendremos de todo lo que hacemos; paradójicamente, cuanto más rutinarios seamos, menos control tendremos de la situación”

    Esta idea es muy interesante, a ver si os animais a desarrollarla en otro artículo.

    Es dificil encontrar nuevos puntos de vista de los mismos temas. Felicidades!

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